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La
Italia del Renacimiento fue una época dorada para el gato puesto
que casi todo el mundo tenía uno, desde miembros de las casas
reales hasta campesinos. Esta costumbre se extendió por el
Cercano Oriente, siendo considerados los gatos como portadores de
buenos presagios en China o en Tailandia en donde hoy en día
siguen siendo adorados, mientras que en la India fue elevado a la
categoría de dios, teniendo un importante papel en ceremonias
religiosas y ocultas, llegando hasta el punto los monjes budistas
de criar gatos sagrados. En América del Sur los incas rendían
culto a los gatos sagrados, que son representados en las obras de
arte precolombino de Perú. Por su parte, en 1630 son pocas las
familias de Londres que no tienen un gato, tal y como nos narra
el escritor Daniel Defoe.
Hasta su glorificación por el cardenal Richelieu, el gato no encuentra la plenitud de su grandeza. Se hace animal de Corte. Este ministro de la Guerra de Luis XIII se distinguió por su persecución de las brujas, aunque también fue un enamorado de los gatos. Llegó a tener 14 gatos que vivían en un cuarto contiguo al suyo. Siempre quiso tener a mano un cachorro, que era reemplazado por otro de pocos días cuando crecía. Llegó a dejar en su testamento una importante suma a sus gatos y sus dos cuidadores, además de una casa y provisiones, pero la Guardia Suiza realizó una carnicería entre ellos.